Este es un espacio abierto para compartir mis escritos, intereses y opiniones de temas variados, como ingeniería de software, UML, RUP, modelamiento de software, arquitectura de software, programación, innovación y desarrollo en informática y electrónica.
lunes, 14 de julio de 2008
martes, 8 de julio de 2008
DIA DOS: Atrapado en la nevera
La tía Leonor tenía una nevera y por muchos años fue su más valiosa propiedad; por que como a ella le agradaba mucho preparar postres y otras golosinas; tenía que conservar los múltiples ingredientes que requería; las esencias, las mieles, las frutas, las cremas y batidos.
Lo cierto es que recuerdo aquella inmensa caja que tenía un cerrojo con una palanca, que pensándolo ahora parecía una chapa de un baúl.
En mi memoria esa nevera es un sinónimo de un calabozo por los eventos sucedidos en la ya lejana infancia con mi primo Arturo.
La tía Leonor también sufre de ese común mal de nuestra época y es que al hablar con ella terminamos por no saber de que se trata la conversación, pues ella disgrega los temas, divagando por el mundo de las ideas y eventos. Pero ha tía Leonor le debo querer estudiar filosofía y letras y poderme haber dedicado a buscar conectores gramaticales para poder hilar las mágicas figuras que describían las aventuras de su vida cotidiana y es por eso que hoy cuento con un tesoro de mas de quinientos conectores.
Sucedió un viernes en la tarde cuando mi primo Arturo y yo nos convertíamos en los dueños y señores de la casa de la tía Leonor por que mama se reunía con ella para sus clases de culinaria y se olvidaban por esas cinco horas de nosotros. Todo inicio entre reto y propuesta cuando decidimos buscar un lugar que fuera el perfecto escondite, donde ocultarnos y donde nadie nos encontrara; pasaron las propuestas por el curato del servicio, la buhardilla, el sótano, la alacena y así pasamos toda la casa inspeccionando de palmo a palmo, lugar por lugar conjeturando sobre el tamaño de los espacios y si cabríamos en ellos, los grandes ganadores fueron el baúl donde se guardaban los granos y la nevera, tardamos en hacer la elección por que nos enfrascamos en discusiones infantiles si eran validos o no pues tenían la dificultad de que había que vaciarlos para poderlos usar; situación que solo logramos dirimir pasando a la acción y fue cuando decidimos vaciar el baúl y probar.
Fue Arturo el que se aventuro a meterse en el y cual fue nuestra sorpresa cuando Arturo cabía con lujo de espacio y hasta podíamos volver a poner los recipientes de los granos para ocultarnos bajo ellos.
Luego toco el turno de probar la nevera pero para esto tendríamos que sincronizar el momento de ausencia de tía Leonor y mama fuera de la cocina con nuestra prueba.
Y Se dio el instante, corrimos a la cocina en el momento que ellas se retiraron a la sala para tomar un café y esperar que una de las recetas reposara antes de llevarla a la nevera.
Fue fácil hacer la prueba solo tuvimos que retirar rápidamente los dos grandes baldes de helado y batido que la tía siempre mantenía allí preparados y me interne dentro de la nevera mi primo cerro la puerta y los contados segundos que pase allí en la oscuridad y el frió me parecieron eternos luego mi primo abrió la puerta y salí de allí aterrorizado.
Cuando acabamos de meter de nuevo los baldes de helado regreso mi tía con mama y nosotros huimos al jardín para reír a carcajadas y comentar nuestra aventura.
Bernardo Molina Zuluaga
Julio de 2008
Lo cierto es que recuerdo aquella inmensa caja que tenía un cerrojo con una palanca, que pensándolo ahora parecía una chapa de un baúl.
En mi memoria esa nevera es un sinónimo de un calabozo por los eventos sucedidos en la ya lejana infancia con mi primo Arturo.
La tía Leonor también sufre de ese común mal de nuestra época y es que al hablar con ella terminamos por no saber de que se trata la conversación, pues ella disgrega los temas, divagando por el mundo de las ideas y eventos. Pero ha tía Leonor le debo querer estudiar filosofía y letras y poderme haber dedicado a buscar conectores gramaticales para poder hilar las mágicas figuras que describían las aventuras de su vida cotidiana y es por eso que hoy cuento con un tesoro de mas de quinientos conectores.
Sucedió un viernes en la tarde cuando mi primo Arturo y yo nos convertíamos en los dueños y señores de la casa de la tía Leonor por que mama se reunía con ella para sus clases de culinaria y se olvidaban por esas cinco horas de nosotros. Todo inicio entre reto y propuesta cuando decidimos buscar un lugar que fuera el perfecto escondite, donde ocultarnos y donde nadie nos encontrara; pasaron las propuestas por el curato del servicio, la buhardilla, el sótano, la alacena y así pasamos toda la casa inspeccionando de palmo a palmo, lugar por lugar conjeturando sobre el tamaño de los espacios y si cabríamos en ellos, los grandes ganadores fueron el baúl donde se guardaban los granos y la nevera, tardamos en hacer la elección por que nos enfrascamos en discusiones infantiles si eran validos o no pues tenían la dificultad de que había que vaciarlos para poderlos usar; situación que solo logramos dirimir pasando a la acción y fue cuando decidimos vaciar el baúl y probar.
Fue Arturo el que se aventuro a meterse en el y cual fue nuestra sorpresa cuando Arturo cabía con lujo de espacio y hasta podíamos volver a poner los recipientes de los granos para ocultarnos bajo ellos.
Luego toco el turno de probar la nevera pero para esto tendríamos que sincronizar el momento de ausencia de tía Leonor y mama fuera de la cocina con nuestra prueba.
Y Se dio el instante, corrimos a la cocina en el momento que ellas se retiraron a la sala para tomar un café y esperar que una de las recetas reposara antes de llevarla a la nevera.
Fue fácil hacer la prueba solo tuvimos que retirar rápidamente los dos grandes baldes de helado y batido que la tía siempre mantenía allí preparados y me interne dentro de la nevera mi primo cerro la puerta y los contados segundos que pase allí en la oscuridad y el frió me parecieron eternos luego mi primo abrió la puerta y salí de allí aterrorizado.
Cuando acabamos de meter de nuevo los baldes de helado regreso mi tía con mama y nosotros huimos al jardín para reír a carcajadas y comentar nuestra aventura.
Bernardo Molina Zuluaga
Julio de 2008
DIA UNO: Ensayo sobre la demencia lúdica
Todo inicio una calurosa tarde de julio cuando, nos deponíamos a participar del curso taller de redacción y se manifestó con una gran carcajada que extrañó a los asistentes presentes en el recinto de formación.
Luego de este evento comenzaron a suceder sutilmente fenómenos que cambiaron la comprensión de la realidad.
Luego de ese poema de Pablo Neruda ya no pudimos ver de la misma forma el paisaje; puedo recordar el fotograma que inmortaliza el momento en mi memoria resaltado con hermosas perlas luminosas; que no son otra cosa que los ojos saltones iluminados con la chispa de la sorpresa de las jugosas descripciones que con palabras extrañas describían en un paisaje la aventura de escribir.
Con una charla amena y lenta ella la maestra, la escritora comenzó a tejer una lenta narración que de vez en cuando apoyaba y matizaba con pequeñas historias coloquiales, mostrando la perdida de un interlocutor en el proceso autor – lector; pues cuando escribimos el autor usa un código que plasma en el papel y deja a libre albedrío solo al lector para que descifre y decodifique sus intenciones diseminadas en el texto del mensaje.
Con esa anécdota que sonrojo a algunos y el descubrimiento de muchos en ese corredor donde las paredes son paréntesis y corchetes y nosotros somos incógnitas perseguidas por equis y operadores matemáticos nos descubrimos desnudos ante la dificultad de escribir; comprendimos que para hacer ecuaciones matemáticas, como para escribir textos se requieren unos conocimientos. Donde existen momentos que permiten escribir y que también en ese instante hay un universo psicológico que nos afecta.
Esa historia del primer encuentro con el mundo de leer nos transporto a la infancia para descubrir de nuestros miedos y desconfianzas con la interacción solitaria con el texto.
Divagando entre la técnica y elementos para contextualizar la articulación del arte de tejer palabras, se destilaron trucos para ser exitosos al escribir y muchos respiraron con descanso al escuchar simples recetas de pocos ingredientes, pasando por las estructuras conceptuales y las ideas sueltas conectadas por líneas para crear mapas mentales.
Pasamos el resto de la tarde acariciando ese personaje; describiendo sus características y su extraño maridaje con la palabra que lucha entre si para prevalecer entre lo conciso y coherente, esa relación kamasutrica que en un artístico movimiento lógico se desliza entre la cohesión y la coherencia dando un amalgamado producto que danza con la conciencia, la imaginación que denominamos texto escrito.
Entre floridas anécdotas del día a día se desdibujaron las figuras de lo cotidiano donde esta relación incestuosa entre el autor y el texto desconocen la hilaridad de la norma de escribir.
Luego de este evento comenzaron a suceder sutilmente fenómenos que cambiaron la comprensión de la realidad.
Luego de ese poema de Pablo Neruda ya no pudimos ver de la misma forma el paisaje; puedo recordar el fotograma que inmortaliza el momento en mi memoria resaltado con hermosas perlas luminosas; que no son otra cosa que los ojos saltones iluminados con la chispa de la sorpresa de las jugosas descripciones que con palabras extrañas describían en un paisaje la aventura de escribir.
Con una charla amena y lenta ella la maestra, la escritora comenzó a tejer una lenta narración que de vez en cuando apoyaba y matizaba con pequeñas historias coloquiales, mostrando la perdida de un interlocutor en el proceso autor – lector; pues cuando escribimos el autor usa un código que plasma en el papel y deja a libre albedrío solo al lector para que descifre y decodifique sus intenciones diseminadas en el texto del mensaje.
Con esa anécdota que sonrojo a algunos y el descubrimiento de muchos en ese corredor donde las paredes son paréntesis y corchetes y nosotros somos incógnitas perseguidas por equis y operadores matemáticos nos descubrimos desnudos ante la dificultad de escribir; comprendimos que para hacer ecuaciones matemáticas, como para escribir textos se requieren unos conocimientos. Donde existen momentos que permiten escribir y que también en ese instante hay un universo psicológico que nos afecta.
Esa historia del primer encuentro con el mundo de leer nos transporto a la infancia para descubrir de nuestros miedos y desconfianzas con la interacción solitaria con el texto.
Divagando entre la técnica y elementos para contextualizar la articulación del arte de tejer palabras, se destilaron trucos para ser exitosos al escribir y muchos respiraron con descanso al escuchar simples recetas de pocos ingredientes, pasando por las estructuras conceptuales y las ideas sueltas conectadas por líneas para crear mapas mentales.
Pasamos el resto de la tarde acariciando ese personaje; describiendo sus características y su extraño maridaje con la palabra que lucha entre si para prevalecer entre lo conciso y coherente, esa relación kamasutrica que en un artístico movimiento lógico se desliza entre la cohesión y la coherencia dando un amalgamado producto que danza con la conciencia, la imaginación que denominamos texto escrito.
Entre floridas anécdotas del día a día se desdibujaron las figuras de lo cotidiano donde esta relación incestuosa entre el autor y el texto desconocen la hilaridad de la norma de escribir.
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